jueves, 14 de abril de 2016

Si, puedes


Si puedes conservar la cabeza, cuando todo recae sobre ti,
y están perdiendo la suya y te culpan por ello,
si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero siempre admites su duda.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera,
si estás siendo engañado y no pagas con mentiras,
si estás siendo odiado y no das cabida al odio,
si no pareces demasiado bueno, ni hablas con demasiada sabiduría.

Si puedes soñar, sin que los sueños te dominen,
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo,
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso,
y tratar a estos dos impostores de la misma forma.

Si puedes soportar el escuchar la verdad que has hablado,
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los ingenuos,
si ves las cosas que le diste a la vida, rotas,
y coges tus herramientas gastadas.

Si puedes hacer un montón con todas tus victorias,
y arriesgarlo todo en una partida de juego de azar,
y perder, y empezar de nuevo, desde el principio,
y nunca decir nada acerca de tu pérdida.

Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tendones,
para el momento en el que todo se ha ido,
y así resistir cuando no hay nada en ti,
excepto la voluntad que te dice: 

espera

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,
o caminar entre reyes y no perder el sentido común,
si ni los enemigos, ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo, pero ninguno demasiado.

Si puedes llenar el inexorable minuto
y cierto, de sesenta segundos,
si puedes hacer todo lo que te propones,
un “si puedes…” se transformará en un “sí, puedes”.

***


miércoles, 17 de febrero de 2016


Vivir a lo grande de los bienes gananciales. Y para qué, joder, para qué. ¿Quién diablos dijo que el dinero daba la felicidad y que prefería llorar en un Ferrari? Llora todo lo que quieras, toma champán, cómprate un yate y folla con putas, pero dime a la cara que eres feliz, que lo tienes todo, que no necesitas nada. Dímelo.

No puedes. Tu corazón está roto. Muertos tus sentimientos. Déjame llevarme ese pedacito de ti, ese fantasma que recorre tu cuerpo, que te escupe por dentro. Le pondré mucho suavizante, lo plancharé al vapor y lo usaré de sábana bajera las noches que tengamos una cita prometedora. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Antes de las seis



Un paisaje onírico,
una playa desierta,
el mar y una cala 
rodeada de acantilados al fondo. 
El cielo y el mar 
se confunden. 

A la izquierda, 
un cartón tejido a mano, 
a modo de muro, 
sobre el que se disponen 
dos relojes 
y un árbol incompleto, 
con una sola rama 
y sin hojas. 

El reloj más grande,
blando, 
una mosca sobre él 
y cae. 
Cae escurriéndose 
por el borde 
del cartón tejido 
por las manos 
de mi abuela. 

El pequeño, 
parece un reloj 
de bolsillo, 
cerrado, 
y las hormigas 
danzan a su alrededor. 

Del árbol pende 
un tercer reloj, 
también blando. 
En el centro, 
una extraña figura. 
Una cara blanda 
con largas pestañas 
parece dormir sobre la arena. 

Sobre ella, 
un cuarto reloj,
igualmente blando, 
parece derretirse. 
Los cuatro siguen marcando la hora. 
En torno a las seis. 
Pero, los relojes, 
como la memoria, 
se reblandecen por el paso del tiempo. 

Y yo ya no recuerdo qué pasó 
antes de que empezaran a derretirse. 
De que aparecieran moscas 
y hormigas. 
De lo que pasó antes 
de que muriera.

De cualquier cosa que pasara 
antes de las seis.

viernes, 5 de junio de 2015


La miro de reojo. Ella no. Ella me evita. Cuando pasa a mi lado, lo hace rápidamente. Sin detenerse en ningún momento. Como si no existiera. Como si jamás me hubiese mirado. Pero ella sabe que no es así. Que siempre he estado ahí. Que sigo ahí. Que solo tiene que levantar la cabeza y mirarme. Que yo no dejaré de hacerlo. Pero ella no lo hace. No me mira. No lo hará. ¿Por qué iba a hacerlo? No soy nada. No soy nadie. No tiene por qué mirarme. Pero me rompo en mil y un pedazos. No lo entiendo. No podría entenderlo jamás. Nunca le he hecho daño. Solo la observaba y ella me miraba y me sonreía. Esa era nuestra relación. Era algo único, casi mágico. No, era perfecto. Es lo único que me hacía feliz. Lo único que hacía que mi vida cobrara algo de sentido.

Pero ya no me mira. Ya no sonríe. Ya no noto su respiración mientras se pinta los labios de un rojo intenso. Ese rojo que tanto me gusta y que ella quizás aún no sepa. Ya no hay nada. Ya no nos queda nada. Y la echo de menos. Echo de menos las muecas que me hacía a todas horas para hacerme sonreír. Echo de menos que me mire mientras se viste por las mañanas, con legañas aún en los ojos y con el pelo enmarañado. Sin una gota de maquillaje en sus mejillas. Como si no le importara lo que pienso de ella. Como si le dijera al mundo que se pudriera. Pero lo que mas echo de menos, es a ella. A la persona que era. A verla mientras se desvestía para meterse en la cama por las noches. Pero tan sola. Tan triste. Dando mil vueltas por noche. Regalando lágrimas a su almohada. Regalando mordiscos por su piel.

Y, ¿por qué? ¿Por qué, si antes me miraba provocativa para que la mirara? ¿Por qué, si lo que quería es que me fijara en ella? Y por supuesto, lo hacía. Pero me engañó. Me traicionó. Yo pensaba que me miraba porque no era más que un reflejo, pero entonces sonreía. Me sonreía. ¿A quién más iba a sonreír si solo estábamos ella y yo? Por eso dejé de creer que, quizás, no era simplemente un reflejo, que era real. Que miraba más allá de lo que veía. Que me quería. Pero nunca me decía nada. Ella me miraba, pero no me hablaba. Se autodestruiría de esa forma. Pensaría de sí misma que estaba absorta en la locura. ¿Por qué iba a hablarme si no era real? ¿Por qué iba a decirme que me quería?

Pero tras de mí una escena y diez mil frases que repetir. Yo no voy a contar lo mejor, a ocultar lo peor. La escuchaba. Escuchaba sus conversaciones telefónicas contigo. Escuchaba esas palabras de amor que no me decía a mí. Escuchaba esos te quiero's inaudibles que te dedicaba. Maldita dulzura. Veía como cada noche como jugaba con sus dedos bajo las sábanas pensando en ti, mientras me miraba y volvía a sonreír. Y la odiaba. La odiaba porque sabía que no era por mí. Sin embargo, yo era feliz si lo era ella también, porque seguía mirándome. Porque no dejaba de sonreír.

Pero un día dejó de hacerlo, no sé cómo, ni por qué. Ya no quería verse. Ya no quería verme. Ya no quería sonreír. Ya no quería ni hablar por teléfono. Y ahora ya no la odio. Ahora te odio a ti.





Este no es un relato escrito por mí. Es un relato escrito por mi espejo. Me amenazó con romperse, algo que jamás querría, y que, además, me clavaría uno de sus cristales hasta dejarme inconsciente, como si de un cuchillo se tratase y que, aún no sé por qué.

Nunca entenderé a los espejos.

domingo, 8 de marzo de 2015

Más que garabatos


Coge una hoja completamente blanca, sin líneas, sin rugosidades. Una hoja sin personalidad, sin carácter, una hoja esperando a que le den forma y que la moldeen hasta que sea bella para ser envidiada por las demás. Algunas de estas hojas se acaban convirtiendo de una forma u otra en barcos de papel que acaban hundidos en un vaso de agua; o en aviones de papel, que salen volando sin remedio alguno por la ventana y caen en picado contra el asfalto.

Otras, en cambio, llegan más alto que eso, empiezan a formar parte de ese mundo de la papiroflexia innecesariamente difícil. Por otro lado, algunas más afortunadas, llegan mucho más lejos, llegan a las manos de los grandes artistas y hacen de ellas grandes maravillas.

Mientras pienso en esas hojas enmarcadas en oro, él arruga esa hoja que tiene entre sus manos y se lleva las manos a la cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué haces eso? Podrías haberle dado una vida, podrías haberla hecho bella y en su lugar, la tiras cruelmente a la basura. Está claro que también existe la posibilidad de llegar a manos de personas como él, que no saben apreciar el papel; y eso es lo que más he temido de mi corta vida.

Siento como sus dedos me acarician, pero yo solo quiero alejarme de él. Soy solo una hoja blanca en manos de un imbécil que únicamente he visto que sabe hacer garabatos en los márgenes, un imbécil que no sabe hacer nada más que llevarse las manos a la cabeza porque nada le sale bien y estoy perdida, quiero salir de aquí.

Quiero dejar de ser papel, quiero ser agua; sí, seré agua y me evaporaré de este lugar. O seré árbol y anclaré mis raíces fuertemente al suelo, así nadie me arrugará y podría tener otra vida; sí, haré más papel, papel que él no conseguirá arrugar; papel que llegará a manos de personas que sí sabrán apreciarlo.

Pero ya es tarde. Me mira, como esperando ver algo en mí. Pero solo soy una hoja en blanco y tú un gilipollas sin imaginación. Si pudiera temblar, en este momento temblaría; si pudiera correr, correría. Me mira más de cerca, soy de unas dimensiones lo bastante grandes como para poder sumergirse en mí, como para no ver mi superficie superior, ni mi superficie inferior.

Veo como despeja su mente de cualquier resultado final e introduce la punta de la pluma en el tintero de peltre, la coge con fuerza, con cuidado de no derramar nada. Si derrama algo de tinta sobre mi querida y blanca superficie, lo mataré. No, no dejaré que pinte nada sobre mí, no él, no estoy preparada para algo así. Después de que crea que soy inservible, me tirará, pero el inservible es él, no yo; yo aún sirvo para algo.

Dibuja ligeramente, casi imperceptible, un borde alrededor de la orilla de mi superficie, le tiembla el pulso mientras lo hace, así que creo que opta por un borde rectangular con líneas onduladas. Será imbécil.

Dibuja líneas finas y traza otras algo más gruesas, pero no forman frases, mucho menos palabras, no creo siquiera que tengan algún tipo de significado entre sí; no son sino garabatos; tal y como decía, es lo único que sabe dibujar. Su mente sigue vagando lentamente por mi centro, evitando mirar más allá.

Se equivoca, una y otra vez. Siento cómo se rinde y cómo quiere cogerme y arrugarme, tal y como hizo antes con la otra hoja. Pero en lugar de hacer eso, coge una goma de borrar especial para la tinta y hace que desaparezcan esos horribles dibujos, aunque sigo teniendo algunas motas de tinta. Antes era tan blanca y ahora tengo tantas manchas que solo quiero llorar, pero no puedo, las hojas no lloran. Si lloráramos, no serviríamos de nada. Y yo solo quiero ser útil.

Me da media vuelta, parece que mi forma apaisada no le sugiere nada y comienza a escribir, esta vez cuidadosamente en lápiz; Querida Anna, ¿cómo estás? Hace tiempo que no sé nada sobre ti y pensaba... Borra; Querida Anna, no te he hablado todo este tiempo porque no sabía qué decirte... Borra.

¿Qué estás haciendo? ¡Dile lo que sientes de una vez! No se puede dudar tanto; Querida Anna, no sé ni cómo comenzar con esta carta tan dolorosa... Borra. Es inútil hasta para declararse. Se vuelve a llevar las manos a la cabeza y quiero ayudarle, pero no puedo, solo soy una hoja, cada vez menos blanca. Se recuesta sobre la silla y da un salto, entonces empieza a escribir de nuevo, esta vez con tinta.

Escribe a toda velocidad y cuando termina, me busca un sobre y me mete en un buzón. Estoy varios días en completa oscuridad, viendo cómo más cartas van apareciendo de la nada y entonces veo a mi héroe: el cartero; el que me sacará de este horroroso lugar. Recorre varias manzanas en bicicleta y me deja en el buzón de una casa preciosa. Una chica recién despertada, con legañas aún en los ojos, pero hermosa, abre el buzón y me recoge, junto a varias cartas. Pero yo soy la primera que lee.

Desliza sus suaves manos sobre mi superficie y mientras me lee, se lleva las manos a la boca y llora, pero de alegría. Al fin soy útil. No, soy más que útil, he hecho feliz a alguien. Me alegro de que fuera ese gilipollas sin imaginación el que me tuviera en sus manos y no un gran artista, que solamente me habría enmarcado y habría caído en el olvido.

Pero ella, Anna, no me olvidará. No, no lo hará, me guardará para siempre; y eso es lo que más he deseado de mi corta vida.

martes, 3 de marzo de 2015

Garabatos



Alguien la llama al teléfono y sale corriendo al salón, puede ser esa persona. Sí, sin duda lo será, de eso está casi segura, dijo que la llamaría esta noche.

—¡Hola! —Dice, totalmente exhausta de correr de una punta de la casa a la otra.
—Hola, Will. ¿Cómo estás? —Se oye decir a través del teléfono, en un tono neutro.
—Ah, eres tú. Bueno, bien, —le dice en un tono apagado, mientras saca su bloc de notas y empieza a garabatear en él, sabe perfectamente que esta conversación irá para largo—, ¿tú cómo estás?
—Muy bien. Lo siento, ¿esperabas a otra persona? —Le dice, como irónico.
—No —miente—, solo me sorprendió que fueras tú quien me llamara a estas horas. —Sigue diciendo, mientras escribe el nombre de la persona que realmente quería que la llamara y subraya inconscientemente su nombre.

Ella no lo sabe, o no se da cuenta de que todo garabato tiene un significado escondido y que ese en especial quiere enfatizar algo importante (o en este caso, a alguien importante).

—No parecía exactamente un tono de sorpresa. —Le dice, en un tono lo bastante prepotente como para irritarla.
—¿Qué quieres, Max? —Le dice ya cabreada, mientras escribe el nombre que acaba de pronunciar y lo rodea con varias flechas, lo que transparenta su enfado y sus deseos de venganza. Cierra su bloc de notas de golpe y se lleva las manos a la cabeza.
—Solo quería saber qué tal te iba todo, ¿ya estás con alguien? —Le dice, esta vez en un tono más bien condescendiente.
—¿De verdad me estás llamando solo para saber si ya te he olvidado? —Le dice, bastante aburrida, ya que no es la primera vez que se lo pregunta.

Will vuelve a sacar el bloc y en la misma página ya escrita, hace un garabato más bien confuso, que, inconscientemente, implica un excesivo aburrimiento pero también una forma de liberar pasiones reprimidas. De odio, ¿quizás?

—¿Pero lo has hecho?
—Max, por favor, no me hagas decirte lo mismo de siempre. Ya no estamos juntos. —Le dice, mientras escribe una escalera enfocada hacia arriba, lo que predice tensión y desequilibrio. Las palabras de aquellas personas que un día te importaron, pueden ser como puñaladas por la espalda, no las esperarías jamás viniendo de ellos.
—Will, ¿cuándo dejamos de ser felices juntos?

A través del teléfono de ella solo se escucha un leve suspiro y después  un completo silencio, mientras dibuja una casa, como la que dibujan los niños, con un camino que lleva a ninguna parte. La casa aislada representa la necesidad de tranquilidad y el camino, a su vez, una necesidad de salida, una vía de escape o de comunicación. Vuelve a suspirar, como si hubiese aguantado la respiración todo ese tiempo.

—No lo sé, Max. ¿Por qué no me lo explicas tú? —Le dice, mientras Max suspira.
—Lo siento, Will. Por no olvidar el pasado y solo vivir el presente, por ser un inconsciente y un completo egoísta. Aunque ya sé que habrás encontrado a alguien por el que suspirar de nuevo, así que solo espero que él no sea tan idiota como lo fui yo. —Le dice, a la vez que suena el pitido final de la llamada.

Ella se vuelve a echar las manos a la cabeza y comienza a sollozar, ¿por qué tiene que invertir su estado de ánimo cada vez que recibe una llamada suya? ¿Por qué razón no pasar páginas y escribir otras nuevas, como hace ella con su bloc?

El teléfono vuelve a sonar y ella tarda en contestar, espera hasta el último pitido para cogerlo y llevárselo a la oreja. Lo más seguro es que sea para no volver a herir su orgullo.

—¿Y ahora qué quieres? —Dice alzando la voz y entre lágrimas.
—¿Willow? —Pregunta, en un tono preocupado.
—¿Nick? Ya pensé que no me llamarías. —Le dice, mientras sonríe y ondula el cable del teléfono. Junto al nombre ya escrito en el bloc, escribe un corazón, que creo que no hace falta explicar qué significa.


A continuación, lo cierra suavemente, sabe perfectamente que esta llamada también irá para largo, pero que no garabateará más en él.

Al fin y al cabo, los garabatos se definen por ser elaborados mientras los estudiantes están soñando despiertos en la escuela o cuando pierden interés en la clase, como habrás hecho más de una vez tú.

Además, también suelen surgir con esas largas llamadas telefónicas, que resultan aburridas o irritantes, como la llamada de alguien ofreciéndote un producto que no quieres o la llamada de alguien que no quieres que lo haga.

miércoles, 26 de noviembre de 2014


En el cielo de esta noche tan profunda,
las estrellas se encuentran en un abrazo
y mi jardín todavía es un sueño.
"Escucha el pulso de su tierra,
los ritmos del océano te empujan,
para mantener su corazón entre sus manos".
Cuando el viento dibuja fuerte
a través de las hojas de un Ciprés,
y los pájaros nocturnos dejan sus canciones;
Recuerda.
Anoche hablaste de un sueño
donde los bosques se extendían hacia el este
y cada pájaro cantaba su canción.
Y en un rincón había un árbol gigante
con flores silvestres que,
ningún ojo mortal podía ver.
Seguro que el gallo que cante en la mañana,
mantiene la quietud de mi jardín,
pero oí una vieja voz que decía:
"No te vayas muy lejos de su tierra.
las estaciones tienen su manera de ser,
pero ningún mortal lo puede entender ".

lunes, 16 de junio de 2014


Antes solía mirar por la ventana y mirar la noche ansiosa, viéndome a mí misma, aprendiendo de ella, pero ahora sé que lo único que nunca me enseñó es que era una gran ilusión que viene y va. Veía la ciudad cubierta de nieve y si moríamos o no tenía fin y la conclusión era que no, ¿cómo podía sonreír estando allí sola de pie? Y bueno, yo no lo sé.
Solo sé que te conocí en la estación de ferrocarril, ahora hace años y algo sucedió en la noche la última vez que bebí contigo en las luces de neón y ahora ya no te veo más.

El cielo del medio oeste es gris y frío,
el sol nunca brilla, pero eso está bien,
aunque no pude encontrar las cartas que me escribió.
¿Qué escribir? ¿dónde has estado todo este tiempo? Así que no sé, no.

Siéntate, tómate un poco de tiempo que van a rodar los dados. Tomando el pelo cualquier vida puede parecer normal también, pero encuentra otra forma, trata de romper el hielo. Todos quieren ser normales. Cada día y cada noche, las cáscaras de plátano en el suelo son lo único cierto, lo único verdadero.


Ojalá fuera yo aquel gorrión, en aquella isla del corazón que se ha de llevar el más allá de los muchos que han dejado ya sus sueños y su canción. Y él me dijo, ¿por qué no soy tan fuerte como la rueda que siguen los viajeros? ¿Por qué no soy tan fuerte como lo eres tú? Pero lo que él no sabe es que yo no soy realmente fuerte, que no soy como él se piensa. No sabe que solo se trata de una máscara que encierran mis miedos y mi vergüenza.

Ahora en el bosque alguien está susurrando a un árbol: "esto es todo lo que soy, así que por favor no me sigas". Y es tu hermano el que está en el árbol que me estoy meneando diciendo: "por favor, deja que la bondad se olvide de mí, déjame ser libre." 
Este domingo alguien está sentado debajo del árbol, extrañando, echando a alguien de menos: "¿Dónde está el infierno? ¿Entre estas montañas? Si es así, llévame contigo."

Y hay una nube detrás de otra nube, a la cual estoy gritando y puedo escuchar a escondidas alrededor de ellas, alrededor de los árboles. Alrededor de mí misma.

miércoles, 4 de junio de 2014


Oigo la voz del predicador de la trastienda gritando mi nombre y lo sigo sólo para encontrarte. Recalco toda mi fe en un televisor averiado y me encuentro en el tiempo, entrenando en el pasado. Causa por la que me congelé en el tiempo, entre coches fúnebres y ataúdes, perdiendo el control, causando pánico en las pruebas de fuego. -Quiero mejorar-, pienso mientras mis amigos están drogados y van persiguiendo chicas por las líneas del parking. Me estoy volviendo loca porque el amor que te di se perdió en una cara bonita, en un momento de miedo. Así que me pongo un casco sobre el casco, contando los segundos a través de la noche.

Me dejo llevar y ahora estoy de pie sobre un puente gritando a los coches; ¡quiero mejorar! No sabía que estaba sola hasta que vi tu cara, no sabía que estaba rota hasta que quería cambiar. Recorro la noche y subo a mi habitación. Hay chicos en el techo, recorto sus fotos y persigo ese sentimiento de una joven de dieciocho años. ¿Quién no sabe qué clase de pérdida fue? Ahora soy una extraña y echo de menos los días de una vida aún permanente. Recuerdo los años de luto antes de que me dejara llevar, así que vuelvo allí, mirando al horizonte, gritándome a mí misma; oye, ¡quiero mejorar! Causa por la que ahora estoy durmiendo en la parte trasera de un taxi, por la que subo a gritar desde la ventana de mi habitación.

Me despierto esta mañana antes que mi familia, despertándome al fin de este sueño. ¿Dónde estaba tratando de aprender cómo una vida puede dejar atrás la oscuridad? Él dijo que podía mejorar, así que puse una bala donde debo poner un casco y me quedé en mi coche. Causa por la que quiero dejarme llevar. Causa por la que me vuelvo a ver parada en aquel puente que me ha apoyado más que él o ellos.




lunes, 19 de mayo de 2014


Los molinos son reales
y algunos incluso
los hemos abatido
para asegurarnos.

Porque puede que
Don Quijote estuviera loco,
pero no es más loco
que aquel que no lee,
que no sueña.

La triste urbanista.


Vivo en la ciudad más triste que jamás una mente triste podría llegar a imaginar, vivo y no consigo escapar de esta soledad. Vivo en la ciudad más triste de este país, es tan triste esta ciudad que, por aquí, cuando alguien se ríe lo hace siempre mal.

Puedes ver mujeres lobo cuando hay luna llena, pero cuando amanece se mueren de pena. Y es que así de triste es esta ciudad.

Cada día veo a gente triste en el autobús, veo a gente triste y cambio de acera, poniéndome triste yo también. No quería hacerlo pero tú insististe y vi tu cara triste cuando te corriste. 
Y es que esta tristeza es integral y eso está mal.

En mi edificio siempre hace frío y creo que mis vecinos son vampiros. Pero ellos creen que lo soy yo.
Así que llamé a mis dos únicos amigos, hoy hay otros mil que alguno habrá traído. Tenemos una única misión, la de matar vampiros.
La tristeza se extendió entre los balcones y yo me creía muerta, pero hoy sé que estoy viva y que concibo otro lugar peor.
Uno trajo estacas hechas de nogal, otro una radial. Saldremos esta noche a destripar y exigir que nos devuelvan la ciudad. Reparar esta tristeza desde hoy.

Vivo en la ciudad más triste que jamás un triste urbanista pudo proyectar. Hay que prender fuego a esta ciudad. Desgraciadamente, no es más que una ciudad irreal.

lunes, 3 de febrero de 2014


Cuando no tienes nada que decir, cuando ya no puedes decir nada más.
Guarda silencio.
No digas cosas que no salen de tu alma, no escribas cosas que no salen disparadas de tus dedos, como palabras huecas que no signifiquen nada. Que no vienen de ti. No intentes copiar la forma de hablar de otra persona. No quieras escribir como lo hace otra persona porque te llevará al error. Te llevará a quien no eres, te llevará al caos. Te llevará a las noches caóticas donde empezaron a liarse tus pensamientos y empezaste a escribir en forma de desagüe, desenredando las marañas de tu cabecita. Tampoco esperes que vuelva en mí la cordura y me arrope con sus hilos de seda fina (de la misma seda de la que están hechos los lazos del destino), porque, una vez pierdes la cordura, difícilmente podrás recuperarla.
Dicen que dejando de leer historias de hidalgos de la mancha, dejando de soñar con dulcineas de barras de bar, dejando de escribir toda aventura que soñamos. Entonces y solo entonces, recuperaremos algo de nuestra cordura. Pero yo ya vendí mi alma al diablo cuando decidí soñar y vivir en un mundo donde todo es posible, a vivir en este mundo donde es más importante la imagen impecable que podemos dar. Donde parece que las conversaciones que podemos ofrecer y a las historias que podemos regalar son irrelevantes.

Puede que para otra persona no, pero para mí una persona que pueda contarme una historia y hacerme soñar con ella es más valiosa que cualquier otra con una imagen reluciente, de esas de las de marketing.

domingo, 26 de enero de 2014


¡No me gustan los cascabeles, odio los cascabeles! 
Grita desde un baño en el que intenta recuperar la poca cordura que le queda.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Quiebre del siglo XXI.


Nací en una pequeña ciudad del centro, me críe en el mismísimo infierno,
una niña de bien que nunca perecería, la última en nacer y la primera en correr. Mi ciudad fue cegada por la refinería del Sol, por los escupitajos de las fábricas doradas.

Mi generación es la cero, no fui hecha como uno de esos héroes de la clase obrera.
Somos los gritos de la clase del 13, somos los desesperados en el descenso, planteada por los bastardos de 1969.

Mi nombre es nadie, -tu hija perdida, papá-,
nacida el 9 de junio, criada en el corral de los héroes y estafadores.
Las cicatrices en mis manos son un medio para un fin,
es todo lo que tengo para recordar los hechos pasados.

He estado al borde del suicidio y tiré el ramo de flores sobre tu tumba, 
me senté en la sala de espera perdiendo mi tiempo, esperando el día de mi juicio, ya no era la niña que nunca perecería, ya no era la primera de la fila.

Creo que estoy perdiendo lo que queda de mi mente
para el final del siglo XX. 

domingo, 15 de diciembre de 2013


Él creía en el amor y otros monstruos,
se enamoró 7 veces en toda su vida, 
y todas ellas de la misma gata.

505.



Dijimos de vernos en la habitación 505,
si son 7 horas en avión y 45 minutos en coche,
tú eliges sin dudar el avión.

Te paseas otras 2 horas por la habitación 555 y estás de forma efímera en la 505. Y se me empañan los ojitos cuando me dicen que te han visto pasear por el hotel, que te han visto con otra...


¿Qué quién es mi musa? Mi musa es la vida.

Hablar de ella significa decir la verdad,
hablar de ella te llevará a la decadencia.
Porque no nos une, nos separa y nos depara un futuro tan trágico,
como hermoso.


Y si me preguntan,
aún no tengo nada que enseñar y me queda mucho por aprender.

domingo, 20 de octubre de 2013

Houston, ¡tengo miedo! Quiero irme lejos de aquí.



***

El mundo no está hecho para mí.